12/30/2015

EL VIAJE de Hernán Vargascarreño






El viajero irrestricto a partir de una aproximación a la obra de
Hernán Vargascarreño



Por Omar Garzón


Y cuando llegue el día del último viaje,
y éste al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado


Mucho se ha dicho sobre la que sería una de las formas más benéficas y satisfactorias que tenemos los hombres para encontrarnos con nosotros mismos, esa que nos permite salir del tedio y el desasosiego implícitos en una vida llena de rutina. Mucho se ha escrito sobre el acto de viajar. Sin embargo, es sólo en el momento en que leemos libros como los de Hernán Vargascarreño (Zapatoca, Colombia, 1960) que notamos lo siguiente: nunca es suficiente hablar sobre este estado del alma y nunca ha sido excesivo abordar una y otra vez un tema inherente a la humanidad desde sus comienzos. El camino es uno de los lugares recurrentes de los hombres a lo largo de su paso por el mundo y de su actividad creadora. A través de los siglos hemos apelado a nuestras odiseas y travesías para crear imágenes a veces posibles, a veces distantes, a veces  utópicas, y así seguirá sucediendo porque es en lecturas de antologías como El viaje, de Vargascarreño, cuando descubrimos que siempre habrá algo nuevo que decir sin importar que los símbolos sean aparentemente los mismos: un tren, un barco o el pie:

El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.

La antología que ahora nos convoca nace de la necesidad de su autor por compilar en un solo tomo los títulos País íntimo (2003), Piedra a piedra (2010) y Tempus (2014) más un puñado de poemas inéditos que cierran la edición. Textos que se destacan por la limpieza y claridad de las imágenes que reposan en sus líneas y con las cuales andamos a través de paisajes por muchos conocidos pero comprendidos por muy pocos, porque sólo quien ha sabido lo que es habitar el mundo y desafiarlo con todas las incertidumbres por delante y los imaginarios latentes conoce el enigma que se encierra en la palabra vida:

Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir…
le será fácil aceptar
—más no comprender—
Que esa ya no es su casa,
 Sino los altos muros de su tumba.

A pesar de todos los miedos y temores previos a la tranquilidad que pueda venir con la resignación, como bien nos lo enseña el artífice de los anteriores versos que hacen las veces de apertura a El viaje, el hombre-caminante, el ciudadano de mundo, el solitario por necesidad y convicción siempre tendrá un acompañante, tan inseparable como ajeno a nosotros que traerá consigo una esperanza que muchos han escuchado pero pocos han entendido: nada es eterno en el mundo. O, dicho de otra manera más bella y visceral por el poeta que nos ocupa: “Y con todos nosotros,/ el viajero de siempre,/ el tiempo,/ su sueño que nos consume/ para evitarnos el terror de lo Eterno”.

Estos paisajes presentados por Vargascarreño gozan de la austeridad y sobriedad en el uso de palabras, austeridad que también revela en cada imagen una especie de luz compleja que solo puede ser creada por alguien que lo ha vivido todo, lo ha experimentado todo y lo ha perdido todo. Alguien que a pesar de que sabe cuál será el final del viaje, no deja de preguntarse por el mismo ni deja de indagar mientras vence su camino, siendo esta una de las principales características del verdadero poeta que es, antes que nada, un verdadero viajero:

Un día perdimos al tiempo
en los linderos del bosque;
¿podrá algún canto atraerlo
a mi gruta?
Oh la oración infantil
Que perturbaba la sangre,
cómo huyó de los labios,
cómo nos liberó de los años…

…Esta superficie brillante
que violenta mi garganta
fue alguna vez un sueño para mí;
¿por qué no me reconoce
Y aligera esta muerte?

Y es en este punto donde podemos identificar en el autor de este libro a un verdadero errante que resalta a través de su palabra versificada otra propiedad fundamental del legítimo viajero: tener la capacidad de experimentar la travesía por medio de las más diversas expresiones artísticas como la pintura, el teatro y, por supuesto, el poema, lo que quiere decir que el viajero nunca pierde el asombro a pesar de haber visto lo imposible, lo que significa que debe estar en la competencia de reconocer una odisea en su más diversa y extraña metamorfosis, situación que requiere de una sensibilidad capaz de interpretar incluso los mensajes más sutiles ocultos debajo de las piedras más pequeñas. Mensajes como esos que nos revelan el viaje visto como el ciclo infinito donde a veces, por cansancio o exasperación, es necesario retornar al punto de partida para retomar el rumbo cuantas veces sean necesarias incluso de manera involuntaria y/o por otro camino que se nos abra ante los ojos después de sacudirnos el tedio: “Vuelvo al inicio de mi viaje./ Regreso al final de todo hombre/ sabiéndome soñado./ Me despojo de esta máscara que tanto talla/ y me ajusto al rostro apacible de la Nada./ Pero mañana fue un día,/ hace años…/ Ya no recuerdo cuándo

  El poeta no deja de lado el deslumbramiento incluso por las cosas que parecieran sencillas y comunes, como bien lo podemos notar en el poema que Vargascarreño le dedica a su “Satánica majestad”, Mick Jagger en la primera parte del libro. Y cito: “La poesía nos presenta sus asombros y sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.”

En ese mismo primer capítulo de El viaje también encontramos el que bien podría ser el himno del viajero por excelencia, el del ciudadano de mundo que no se enfrasca en trivialidades mezquinas y patrioteras ni en fanatismos precarios pero que sí se detiene a contemplar los pequeños azahares ofrecidos por la vida y que en la obra de Vargascarreño adquieren un hálito sagrado y magnífico. Me refiero al poema “A la vida vine a vivir”. En él seres y elementos como los árboles, los labios y el misterio de los gatos cobran un aura de pureza que en vez de alejarnos del poema nos seduce de manera tal que llegamos a interiorizarlo hasta el punto de pasar de ser testigos (lectores) a ser los protagonistas del periplo. Cabe resaltar que dicho hálito sagrado solo podría otorgarlo a las cosas cotidianas alguien que entiende la necesidad de aprovechar al límite lo poco que regala la vida, ya que ésta todo lo cobra generalmente por adelantado, como asevera el poeta en uno de sus discursos de mayor profundidad.

El poeta le imprime a El viaje una transparencia que nos permite ver en sus versos la lucidez conceptual de alguien que hace de su andar “su principal trasunto de creación” –como  bien dijera Nelson Romero Guzmán– y su manera de afrontar el mundo, sin dejar de señalar una de las piedras angulares en la construcción de estas líneas: el viajero es, sobre todo, un individuo y como tal debe reivindicarse consigo mismo para descifrar el tratamiento que el mundo le da y el rol adquirido en él como un caminante que se reconoce en la sociedad pero que se distancia de ella y no espera nada al final:

Fumador, libador, edónico,
desconfiado, cetrino,
cumplidor de sus deberes, de sus deudas
y todavía cumplidor de años
aunque la vida me incumpla muchas citas.

Decidí acabar esta pequeña aproximación a la obra de Hernán Vargascarreño presentando el que es para mí, por su contundencia,  por la precisión de sus imágenes y por su final certero e inesperado, el mejor y más logrado poema de toda la obra, el titulado Guerreo. Este canto hace parte del libro Tempus, con el cual el autor entabla un diálogo fluido y sereno entre el Emperador Adriano, el joven Antinoo y él mismo bajo la voz tutelar de Marguerite Yourcenar. Espero que los disfruten tanto como yo.



Selección de poemas de los libros País íntimo (2003), Piedra a piedra (2010) y Tempus (2014) compilados en la antología El viaje (Ediciones Exilio, 2015) de Hernán Vargas Carreño. 






Del libro PAÍS ÍNTIMO (2003)



Estancia

Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir,
aquellos peldaños que ya nadie sube,
los ruidos de la cocina y el espectro
de la madre ofrendándonos el café
y su bendición,
le será fácil aceptar
–mas no comprender-
que esa, ya no es su casa,
sino los altos muros de su tumba.






La Poesía

Para Mick Jagger


La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.

Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella quien posee, quien acoge.

Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla. Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra o se sale de ella. Se está o no se está.

Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya. No da lugar a vanidades; solo a reconocimientos no muy alentadores. También es una sombra que pasa, o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas, demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor hecho amistad y locura.

Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de seguir intentando con la poesía, haciendo trueques con ella, intercambiando afectos, deshonras, nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en el pecho, una pócima de su dolor.





A la vida vine a vivir

A la vida vine a vivir.
Que no me falte la sagrada carne
ni el espíritu que la hace bella;
que tu mirada sea siempre
el espejo donde me pueda revelar;
que jamás me abandonen los dioses
de la poesía y los avatares para llegar a ella;
que la noche no me niegue nunca sus alas
de vuelos alucinógenos y que el día
no me aplaste con sus esplendente verdad.
Que nunca me olvide agradecer lo recibido y
el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna
forma sea malintencionado;
que el deleite del vino me secunde siempre
el fragor de la amistad;
que por el umbral de mi casa entren menos
fantasmas y más seres reales,
pero con la condición de que posean la belleza
que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí –lo más remoto 
/posible–
a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
y que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca,
ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos
o la hondura de la música y los atardeceres.
A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil,
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis íntimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado.
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.






Del libro PIEDRA A PIEDRA (2010)




Visiones marinas



                                          Al puerto de Santa Marta
         El mar no está en la orilla, está en el hombre
                                                    Héctor Rojas Herazo


1
LA MAÑANA derrocha su esplendor
de bandadas de mariposas amarillas.
Todo aquel que las observe en la memoria
salva la suave angustia del crepitar de sus alas
gravando su vuelo en el aire del instante.
Pasarán toda una semana bordeando el mar
y anunciando el sueño de su vuelo.
Luego solo pasarán tras el recuerdo…
o tras la huella de un poema
cuando la belleza reclame el amarillo
para su propio sueño.


2
TODA LA LUZ del mundo sobre la bahía
dividiendo con su espectro este reino
que se balancea en la canícula:
el tan deseado color del mar
y la catástrofe de la ciudad que bulle.
Y nosotros, míseras señales del paisaje,
extraviados en el limbo de su luz
mordiendo el aire seco
a sabiendas de su riesgo.


3
MIRA CÓMO el silencioso vuelo
de los pelícanos nos balancea.
Cómo esa línea
que no existe en el horizonte del mar
nos reclama y nos limita.
Aves presas de ninguna fuga somos
cuando no alcanzamos tanto azul,
cuando no sabemos cómo desplegar las alas
que lastradas llevamos a nuestras espaldas.
Para qué estos alados deseos
que no saben hollar distancias.


4
CONTEMPLEMOS
la serenidad de los árboles
frente a la bahía, sus alas secretas
y sus cantos grávidos de enigmas
que no podemos descifrar.
En las tardes,
suelen empinarse para ver el mar.
Pero nada revelan de sus avistamientos.
Herméticos, como son,
enredan al rumor de sus follajes
lo que no debemos entender.
Mudos nacemos
-murmuran calladamente-
con su grito enterrado
que no reclama ecos.



5
LLUEVE en el trópico.
El mar sacude sus tormentas secretas
y en maderos arroja sus vestigios de furia
a lo largo de las playas,
su abecedario de confusiones divinas
intraducible a nuestros ojos.
Serenamente, durante varias jornadas,
vemos a los pescadores recogiendo una a una
las preciosidades de ese lenguaje yerto.
Y ante el asombro de cualquier mañana
sobre las playas vuelve a reinar
la murmurante brillantez
del eterno poema:
ese pausado diálogo de oleajes
iniciado en la larga noche
de todos los tiempos.


6
AQUÍ ESTÁN todas las rutas.
Nadie lo sabe.
Van y vienen sobre los rizos del mar
ondulando los tremores del mundo y
haciendo de los vientos los ecos del deseo.
Para alguien están demarcadas.
Algún ojo avizor las hará suyas.
Almas encerradas
que precisen el destierro
han de encontrar aquí su bajel.
Solo tienes que seguir la ruta
demarcada dentro de tu pecho.
La indeleble ruta
que no sabe a dónde ir.



7
NAVEGUEMOS ahora que el día
estalla toda su soberbia sobre el mar.
Subamos a la nave algunos recuerdos
para tener de dónde asirnos
cuando las tinieblas sean
toda la luz que nos anime.
Una playa puede servir como quimera.
O la ventana por la que miramos el mundo
por vez primera, o el roce de unas mejillas
que adoramos y sabemos de memoria.
Huyamos
ahora que nada cabe en este día.



8
ES LA HORA en que la tarde
suelta sus pájaros oscuros
y los esplende al filo del recuerdo.
Marialucías, les dicen,
pero ese nombre no va con ellos.
Dilatados por la luz ya suave,
regresan a sus nidos
recordándonos el día ya gastado
y abandonando al tedio a la retina
la sombra de sus veloces lirios negros.
Sus tórridos y grávidos graznidos
tasajean la tarde quemando los silencios
que solo el mar se atreve a traducir.
Y nada podemos hacer
una vez los escuchamos.
Sus gritos nos socavan
y nos convierten
en sórdidos reclamos a la vida.


9
PARTEN YA los barcos.
Se van con la certeza
de que nunca volverán
porque este día yace muerto.
Los que nos quedamos,
los que nunca nos atrevemos a partir,
nos vamos tras su estela
presintiendo en su larga noche
los débiles relámpagos del olvido.
Es la hora más fatal de la desdicha
al creernos pasajeros de quimeras
sin siquiera vislumbrar la huida.


10
OLVIDEMOS la bahía dormitando
bajo la noche del universo
sin ciudad,
sin parroquianos,
sin nosotros.

Tallemos a la distancia
las dichas repetidas
de su mar verde-azulado.
Abandonémosla bajo su propio espectro
soñándose en un punto del orbe y
sacudiendo ante sus aguas
los pájaros, ramajes y delirios
bajo el designio de los dioses inclementes.
Alguna crueldad ha de ocultar tanta dicha
si llevamos la bahía en nuestro viaje.
Y aunque lejos
–como un espejo del olvido–
se vislumbre ahora el mar de mis pupilas,
su angustia sigue rugiendo profunda
en el abismo de mis noches.






Del libro TEMPUS (2015)




Honda

Envidias
la libertad del pájaro que pasa
y por un momento quisieras transmutar
tu figura
tus miserias
tus ilusiones
en ese frágil destello de la tarde,
olvidando que el pájaro cumple
con sus inagotables oficios:

provisiones      migraciones     nidadas

y están además sus constantes peligros:
la simple honda
de un chicuelo, por ejemplo.

Envidias
la libertad del pájaro
que por un momento arroba tu esencia.
Mira un poco más alto:

¿Ves cómo la gran honda que es el Universo

nos apunta desde siempre?





Estancia

La casa inunda
con sus enormes estancias.
En los patios, la lluvia
abandona sus huellas somnolientas.
Sin temores los gatos entran
y cazan pájaros
que montes y vientos prodigan.
Escucho mis pisadas de animal
cuando la luna invade corredores.
Advierto tus roces entre el jardín
cortando tus hierbas favoritas.
Así el olvido,
que sin afanes extiende sus raíces.
Un encuentro presentimos.
Los dos lo sabemos.
Cualquier instante podría tropezarnos.
Pero, qué ha sucedido con el tiempo
dónde estamos
dónde estás
quién de los dos partió primero





Guerrero

El guerrero
ha perdido el camino
a casa:

Los dioses del amor,
silencioso, apenas una brisa,
condolidos lo contemplan.

Mas a su alrededor
solo precisa vislumbrar
un asombrado desierto;
Lo más importante
lo ignora:

Ni el camino ni la patria
existen ya.

Ni siquiera él.



***



Poema GUERRERO recitado por Hernán Vargascarreño: http://www.fototrace.co/almadeliacc/fotos/774284743688213235_31610659



Hernán Vargascarreño en Cali: 





12/24/2015

A propósito de ULISES, HOMBRE SOLO de José Manuel Crespo




Hace unos meses recibí de manos del editor Mario Torres un ejemplar del más reciente número de la Revista Exilio, editada por el poeta Hernán Vargascarreño y dedicada esta vez al autor José Manuel Crespo (Ciénaga, Magdalena. 1942). El título de este número de la revista es Ulises, hombre solo.
Exilio se dedica exclusivamente a difundir poesía. En cada una de las entregas que esta revista  hace encontramos, por lo general, una selección de poemas de uno o máximo dos autores. En este caso, la edición No. 24 nos entrega el extenso poema Ulises, hombre solo, el cual he recibido como un grato descubrimiento.
Este largo y cuidadoso poema de Crespo es un trasegar por caminos y hendiduras que siguen el fino hilo de un profundo soliloquio en el cual no sobran las imágenes que desnudan, de manera magistral, todos, o por lo menos casi todos, los estados en los que se puede envolver un hombre: la resignación (No sé ni quiero (¡es tarde!) saber lo que pasaba), la dicha, el temor, la tristeza, la alegría, la angustia, el desánimo, incluso la desesperanza (Eso es lo misterioso: sé gobernar un reino,/ sé manejar los remos, sé ganar una guerra,/ pero no sé quién soy. Todo fue inútil) y lo efímero (No soy sino ansiedad, tierra de paso), expuestos aquí de manera que el lector logra hacerse a un lugar entre las líneas intercalando su papel, pasando de testigo a protagonista, y viceversa, a lo largo de este enramado de versos a veces punzantes y certeros:

No porque me lo inspiren los dioses sino para
no tener que callar, aquí en la fuente
donde el ciervo se asoma al plenilunio,
digo que en vano nos hicieron,
que a nada hemos brotado de la tierra.

En este soliloquio, Crespo nos trae una voz que encierra una fuerte carga existencial que no raya en la sentencia por la manera intimista pero a la vez sencilla en que se nos presentan. Por ejemplo, temas como el nunca desgastado fenómeno del amor en este caso se nos revela a través de una descripción que propende por eternizar el cuerpo distante y latente sólo en el recuerdo:  

Eres joven: la vida
Apenas si ha pasado su sombra por tus ojos.
Y, sin embargo, eres más vieja que la luna:
tú conoces los juegos del azar, el origen,
la malicia del agua que fluyendo a lo ciego
finge no darse cuenta del mal que hay en la tierra.
Las tres sílabas negras de tu nombre contienen
todos los viejos himnos, las músicas errantes,
ese azul de los mares que nos cambia la vida.

Este es un poema que inevitablemente me hace volver a la infancia varias veces a través de algunas de sus imágenes (giraba como giran los colores/ de una burbuja transparente), un poema que dibuja en mi memoria referencias que hice mías en esa temprana etapa de la vida. El verso "aves tan raras que ni nombre tienen" me obliga a remitirme a citas como “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” sin que con esto quiera decir que las dos tengan relación alguna en su raíz; o esa otra línea que nos muestra la Ley del Talión que descubrí también muy temprano en mis lecturas bíblicas y que ahora redescubro acá, en este Ulises tan cercano a nosotros:

La violencia debe ser contestada
con violencia, y el poder con la espada
de doble filo del poder. ¿No es esa
la dura ley del bárbaro y el griego?

Y digo que este largo poema compuesto en verso libre es cercano a nosotros porque al leerlo es evidente que su lenguaje “en cierto modo más colombiano que griego”, como bien apuntaría Nicolás Suescún en la primera edición de Ulises, hombre solo, nos propone una esencia más caribeña que mediterránea. Este último aspecto se hace evidente en versos que funcionan como pausas y respiros en medio de la lectura de largo aliento que requiere el texto. Versos que saben sortear esa delgada línea que separa la articulación del poema de la ruptura del mismo: Ulises, el prudente, por momentos tenía/ la mente más torcida que una pata de perro. Esa característica también es latente cuando leemos aprendiendo a vivir con ese miedo/ (¡y el miedo da una sed!) y resignado/ a estarme quieto y respirar pasito, o Pero ahora mi ser en los pinares/ (ese cansado azul va para viejo)/ se despierta la víbora dormida.

Un poema compuesto por casi cinco mil versos que después de ser leídos en su integridad podría deleitarnos en cualquier momento con algunas partes que también funcionar perfectamente como cuerpos separados sin que éstos dejen la sensación de que el lector se perdió de algo:

Esa fuga en la noche era mi forma
de salvar el mañana, de salirme
por atajos profundos, de negarte
predominio y rigor sobre mis días,
fuerza del mal, todo poder, destino.
¿Qué buscas? ¿Qué más quieres? No te bastan
los inmensos políperos del odio,
las furias, las mesnadas asesinas,
las ciudades saqueadas, los aleros
y nidos consumidos por el fuego,
los éxodos del hambre y del espanto,
las preñadas abiertas a cuchillo,
los aullidos, los niños estrellados
contra los muros del pavor, la sangre,
ese espeso jarabe de cadáveres
que lamieron los perros en las calles
de Ilión en el plenilunio?...

En este Ulises, hombre solo, de José Manuel Creso, podemos encontrar muchas voces pronunciadas en diferentes momentos o estadios humanos, lo cual impregna el texto de diversos tonos que todos juntos forman un solo canto, un solo poema narrativo con el cual se busca exalta el tiempo, el olvido y la memoria en medio del tormento que puede llegar a significar el hecho de verse encerrado en cualquier isla Calypso de la vida cotidiana.
Es necesario aproximarse varias veces a estas líneas para descubrirnos en ellas, para vernos y hablarnos a nosotros mismos hasta que ya no tengamos nada que decir, hasta que seamos sólo sílabas perdidas en los colores que nos hacen y nos forman, como bellamente lo afirma el poeta:

… el mundo y su verdad: sólo la mano
(la mano que debido a la pericia
del arisco pulgar que sigiloso
se aproxima, distancia o contrapone
al ritmo de los cuatro inseparables,
abre, cierra, trabaja, pulsa, siente,
y en su mímico juego hace posible
 que el logos interior, el verbo ciego
se colme de color y de sentido,
que un niño con los párpados cerrados
perciba y reconozca la violeta,
o que el hombre sin voz, el perro mudo,
exprese lo que siente y sustituya

con el signo la sílaba perdida)


José Manuel Crespo. Fotografía tomada de
la circulación libre en la red.

12/23/2015

Javier Heraud o la desembocadura del río que primero fue un hombre


Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar

Jorge Manrique


Javier Heraud Pérez fue un poeta peruano nacido en Lima el 19 de enero de 1942, proveniente de una familia de clase media. Estudió en el prestigioso Markham College de Lima. Posteriormente cursó literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú para después matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos por presión de su padre. A la edad de 17 años ya enseñaba inglés y castellano en un instituto de la capital peruana y a los 18 años es nombrado profesor en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe y en el Colegio Melitón Carvajal de la misma ciudad. Ese año publica su poemario El Río y gana el concurso "El Poeta joven del Perú", fundado por Marco Antonio Corcuera, por su libro El Viaje, galardón compartido con César Calvo quien también ocupó el primer lugar en el certamen. Durante ese periodo viajó a China, la URSS donde visitó la tumba de Lenin España, Chile, Bolivia y Francia, donde también visitó la tumba de César Vallejo. Varias de sus travesías se hacen evidentes en algunos de sus poemas, en especial aquellos que hacen referencia a la ciudad de Moscú. Estos últimos de corte político: Plaza Roja 1961./ Aquí yo he estado en el centro del incendio,/ en plena Plaza Roja y varias veces,/ tragándome mis penas/ y forzando mi pequeñísima alegría./ He dicho Paz en rojo, en calles,/ en plazas y jardines./ Y digo paz en Moscú, en Tashkent,/ o en el corazón herido de mi pueblo.


  En 1962 el gobierno de Fidel Castro le otorga una beca para estudiar cine en Cuba donde se radica con algunos otros estudiantes peruanos. Estando allí, y después de matricularse como estudiante de Literatura en la Universidad de La Habana, el grupo de becados, entre los que también se contaban estudiantes de Colombia, Argentina, Bolivia y Chile, fueron conminados directamente por Castro para fundar grupos guerrilleros en sus respectivos países con el fin de "extender la revolución comunista en América". Heraud accede a la propuesta y recibe un entrenamiento militar mínimo en ciudades como Camagüey, Santa Clara, Santiago de Cuba y en la Sierra Maestra de la cual diría "Aquí todo es tan hermoso".
Una vez arriba a la selva peruana proveniente de la isla ya con el alias de Rodrigo Machado y bajo el mando del Ejército de Liberación Nacional (ELN) , Heraud y sus seis compañeros sostuvieron una discusión con cinco agentes de la Guardia Republicana en el hotel Chávez de Puerto Maldonado. En el momento más acalorado de la refriega, los agentes abrieron fuego originando un tiroteo entre los dos bandos. Justo en el instante en que los guerrilleros emprenden la huida después de haber asesinado a uno de los policías, dos proyectiles dum-dum disparados por civiles y efectivos de la misma Guardia Republicana impactan en la humanidad de Heraud, uno en su mandíbula y otro que entró en su espalda y le salió por su estómago. Las balas acabaron con la vida del poeta en el río Madre de Dios a la altura de Pto. Maldonado después de que Heraud y su compañero herido Alaín Elías se habían rendido tras sostener casi hora y media de tiroteos. Una vez abatido el poeta, a los policías les pareció correcto propinarle 17 tiros más, por si las dudas, según se puede leer en una misiva que el señor Jorge Heraud Cricet, padre del joven guerrillero, le envió al director del diario La Prensa, señor Pedro Beltrán(1):


      El sacrificio de mi hijo Javier ha sumido a mi familia en el más profundo desconsuelo, tanto por         la    forma como ha desaparecido como por la pérdida de una promesa para la cultura y el                 pensamiento    de mi patria.

     Pero mi pena, con ser insondable, se ha agrandado más aún al saber que mi hijo, que había ido         allá urgido por un ideal, arrostrando los más graves peligros con el más absoluto desinterés,              había    sido víctima de una cacería inhumana. Cuando, inerme en una canoa de tronco de árbol,      desnudo      y   sin armas en medio del río Madre de Dios, a la deriva, sin remos, mi hijo pudo ser     detenido sin      necesidad de disparos, más aún por cuanto, su compañero, había enarbolado un          trapo blanco. No     obstante eso, la policía y los civiles a quienes se azuzó les disparaban sobre           seguro, desde lo alto       del río, durante hora y media, inclusive con balas de cacería de fieras.
  

      Una bala explosiva había abierto un boquete enorme a la altura del estómago de mi infortunado        hijo y muchas balas más se habían abatido sobre el cadáver de mi hijo, que con sus 21 años y sus      ilusiones, había tratado de hacer una incitación para que cesen los males que, según él, debían          desterrarse de nuestra patria.

 Los hechos ocurrieron durante la madrugada del 15 de mayo de 1963.

  Con apenas 21 años y dos libros publicados, El Río (1960) y El Viaje (1961) más varios poemas sueltos que después conformarían varias antologías póstumas, se puede decir que el legado literario de Javier Heraud es el de un poeta  que había encontrado en autores españoles como Jorge Guillén, Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández y Pedro Salinas, principalmente, y otros como Pablo Neruda, Bertolt Brecht, T. S. Eliot, Marcel Proust y Hölderlin(2), sus mayores referencias. Los poemas de Heraud, algunos de corte existencialista, otros de militancia política (estos últimos de menor calidad como pasa casi siempre, a mi modo de ver, con los poemas que adoptan ese estilo), muestran el trabajo y la disciplina necesarias para iniciar la búsqueda de un canto consecuente entre lo que se piensa y como se actúa. Y es en ese canto donde encontramos versos que algunos llamarían premonitorios (Yo nunca me río/de la muerte./ Simplemente/ sucede que/ no tengo/ miedo/ de/ morir/ entre/ pájaros y árboles), pero que otros ven como la voz congruente de un hombre que murió creyendo en sus ideales tempranos y su visión del mundo.

  Es posible que el Perú haya perdido a uno de sus más grandes poetas no solo por la obra literaria que Javier dejó, sino por lo que pudo haber escrito con un poco más de madurez. Quizá, de haber vivido algunos años más, a este vate peruano de la llamada Generación del 60 le hubiera pasado lo mismo que a muchos de sus contemporáneos que se divorciaron de la Revolución Cubana por el desencanto que esta les trajo con el paso del tiempo. De eso no podemos estar seguros, pero sí es una realidad que Heraud murió como un comunista convencido de una causa que nunca abandonó ni cuando dejó las filas del Movimiento Social Progresista (MSP) ni cuando partió de Cuba buscando la muerte sin saberlo. 

  Por lo que conocemos y sabemos de él, es claro que una persona como Heraud no estaba hecha para empuñar las armas a pesar de su entusiasmo, conocimiento, disciplina, corpulencia y su estatura de 1.85m. Por este aspecto del poeta, no puedo evitar pensar en su caso más cercano en Colombia: el cura Camilo Torres. Las vidas de estos dos grandes personajes tienen aspectos que guardan mucha similitud: La procedencia, la educación, sus ideas políticas, sus luchas, sus muertes... La diferencia en que a pesar de que los dos encontraron el frío abrazo de la muerte en el monte durante su primera misión subversiva, Javier ahora adelanta otra lucha: la de la palabra versificada contra el paso del tiempo y el olvido: No estoy muerto./ sin embargo,/ entre tarde y tarde/ cuando vibran/ los soplos/ del silencio,/ abro mi corazón/ al conjuro/ del viento/ y la palabra,/ y construyo/ casas,/ tierras,/ mares,/ nuevos/ albores,/ nuevas tristezas,/ y callo al final.

  Un capítulo aparte merece el poema "El Río" que sería el más famoso texto del poeta peruano. Es el que más llama mi atención por contener una dulzura cargada al mismo tiempo de la fuerza propia de un río caudaloso (en la poesía de Heraud, el río simboliza la vida) que, a pesar de verse algunas veces casi seco, no deja de entonar un canto esperanzador y no deja de enarbolar una voz decidida a continuar su camino a pesar de las piedras que se atraviesen en su cauce (Yo soy un río, voy bajando por las piedras anchas,/ voy bajando por las rocas duras,/ por el sendero dibujado por el viento...) sin importar que su desembocadura sea en el océano (la muerte): Llegará la hora en que tendré que/ desembocar en los océanos,/ que mezclar mis aguas limpias con sus aguas turbias. Sus aguas seguirán naciendo una y otra vez con el paso del tiempo.
Es "El Río" un poema circular: podría comenzar en cualquier estrofa y terminar en cualquier estrofa sin importar el orden que le demos a su lectura. Este tipo de ejercicios solo puede ser desarrollado y bien logrado por alguien que tenga el tacto muy agudo como para reconocer los recovecos y enramadas que implican la elaboración de un texto de la complejidad que vemos acá. Un texto que aparentemente parece simple y sencillo pero que guarda en sus líneas una serie de metáforas, retruécanos, encabalgamientos y anáforas posicionados de una manera tan precisa que el poema no pierde la vitalidad y sinceridad –ni siquiera en sus partes más lúgubres y oscuras– propias de las obras literarias memorables. Este es un poema elaborado por un cuidadoso relojero que no deja ninguna pieza suelta y que no omite ningún conector ni pone una palabra de más o una de menos. Un poema de fácil lectura que debe ser, primero, leído mentalmente para ser analizado e interiorizado y que después debe ser entonado, cantado, gritado, emulando un río caudaloso que trata de develarnos un secreto. Es un texto mágico capaz de transportarnos al paisaje propio que describe sin importar donde estemos. Un poema con cierto hálito whitmaniano (Me celebro y me canto a mí mismo./ Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.) pero de alguna manera mucho más tropical y con una sacralidad que tiende más a lo latino y autóctono que hay en nosotros:

Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta rosa piedra mesa
corazón corazón y puerta retornados,

Yo soy el río que canta al mediodía
y a los hombres, que canta ante sus tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.


Premonitorio o no, la trágica muerte del poeta no deja de impregnarle a este texto la franqueza del buscador inquieto que nunca sació su curiosidad y la fuerza del visionario que, sin importar su corta edad pues para crear obras verdaderamente memorables la edad no es lo fundamental–, escribió tanto para sus contemporáneos como para la posteridad, característica que poseen solo los grandes o, como en este caso, el más grande poeta de la Generación del 60, según lo dicho por sus colegas escritores y los lectores de culto.

Adjunto algunos poemas de Javier Heraud Pérez tomados de varios de sus libros. Espero que los disfruten.




prólogo

    Ha llegado ya el
    hombre de los mares
    Señor, abre tu puerta
    Señor, abre tu corazón
    que ha  llegado ya
    el hombre de los mares..






El río

Yo soy un río, voy bajando por las piedras anchas,
voy bajando por las rocas duras,
por el sendero dibujado por el viento.

Hay árboles a mi alrededor
sombreados por la lluvia.

Yo soy un río, bajo cada vez
más furiosamente, más violentamente
bajo cada vez que un puente me refleja
en sus arcos.

Yo soy un río un río
un río cristalino en la mañana.
A veces soy tierno y bondadoso.
Me deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.

Los niños se me acercan de día,
y de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

Yo soy el río.
Pero a veces soy bravo y fuerte
pero a veces no respeto
ni a la vida ni a la muerte.

Bajo por las atropelladas cascadas,
bajo con furia y con rencor,
golpeo contra las piedras más y más,
las hago una a una pedazos interminables.

Los animales huyen,
huyen huyendo cuando me desbordo
por los campos, cuando siembro
de piedras pequeñas las laderas,
cuando inundo las casas y los pastos,
cuando inundo las puertas y sus corazones,

los cuerpos y sus corazones.
Y es aquí cuando más me precipito
Cuando puedo llegar a los corazones,
cuando puedo cogerlos por la sangre,
cuando puedo mirarlos desde adentro.

Y mi furia se torna apacible,
y me vuelvo árbol,
y me estanco como un árbol,
y me silencio como una piedra,
y callo como una rosa sin espinas.

Yo soy un río.
Yo soy el río eterno de la dicha.
Ya siento las brisas cercanas,
ya siento el viento en mis mejillas,
y mi viaje a través de montes, ríos,
lagos y praderas se torna inacabable.

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta rosa piedra mesa
corazón corazón y puerta retornados,

Yo soy el río que canta al mediodía
y a los hombres, que canta ante sus tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas quebradas,
por los ignotos pueblos olvidados,
por las ciudades atestadas de público
en las vitrinas.

Yo soy el río
ya voy por las praderas, hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas, los árboles cantan con el río,
los árboles cantan con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis brazos.

Llegará la hora en que tendré que
desembocar en los océanos,
que mezclar mis aguas limpias con sus aguas 
/turbias,
que tendré que silenciar mi canto luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al alba de todos los días,
que clarear mis ojos con el mar.

El día llegará, y en los mares inmensos
no veré más mis campos fértiles,
no veré mis árboles verdes,
mi viento cercano, mi cielo claro,
mi lago oscuro, mi sol,
mis nubes, ni veré nada,
nada, únicamente el cielo azul,
inmenso, y todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas aguas apagadas.






    Recuento del Año

     Una vez terminado
     el año,
     procedo a recoger
     mis cosas nuevas,
     procedo a reclamar
     papeles viejos,
     hago al compás
     de charlas amistosas
     el recuento del año,
     el recuento de mis
     365 días pasados:
     todo se fue
     rápidamente,
     no hubo tiempo
     para la cosecha,
     ni  para
     sembrar el trigo
     en los maizales.
     Los días volaron
     raudamente,
     estuve sentado,
     leyendo,
     o alguna vez
     escribiendo
     hasta la noche.
     No tuve miedo
     de la muerte,
     no pude sembrar
     el amor como
     quería,
     recogí algunas
     frutas caídas
     y supuse que
     al final moriría
     alguna tarde
     entre pájaros
     y  árboles.

     No estoy muerto.
     sin embargo,
     entre tarde y tarde
     cuando vibran
     los soplos
     del silencio,
     abro mi corazón
     al conjuro
     del viento
     y la palabra,
     y construyo
     casas,
     tierras,
     mares,
     nuevos albores,
     nuevas tristezas,
     y callo al final

          (como siempre
          recordando y
          recordando).






mi casa muerta

1
No derrumben mi casa
vieja, había dicho.
No derrumben mí casa.

2
Teníamos nuestra pérgola,
y dos puertas a la calle,
un jardín a la entrada,
pequeño pero grande,
un manzano que yace seco
ahora por el grito
y el cemento.
El durazno y el naranjo
habían muerto anteriormente,
pero teníamos también
 (¡cómo olvidarlo!)
un árbol de granadas.
Granadas que salían
de su tronco,
rojas,
verdes,
el árbol se mezclaba
con el muro,
y al lado,
en la calle,
un tronco que
daba moras
cada año,
que llenaba de hojas
en otoño las puertas
de mi casa.

3
No derrumben mi vieja casa,
había dicho,
dejen al menos mis
granadas
y mis moras,
mis manzanas y mis
rejas.

4
Todo esto contenía
mi  pequeño jardín.
Era un pedazo de
tierra custodiado
día y tarde por una
verja,
una reja castaña y alta
que
los niños a la salida
del colegio
saltaban fácilmente,
llevándose las manzanas
y las moras,
las granadas
y las flores.

5
Es cierto, no lo niego,
las paredes se caían
y las puertas no cerraban
totalmente.
Pero mataron mi casa,
mi dormitorio con su
alta ventana mañanera.
Y no quedó nada
del granado,
las moras ya no
ensucian mis. zapatos,
del manzano sólo veo
hoy día,
un triste tronco que
llora sus manzanas
y sus niños.

6
Mi corazón se quedó
con mi casa muerta.
Es difícil rescatar
un poco de alegría,
yo he vivido entre
carros y cemento,
yo he vivido siempre
entre camiones
y oficinas,
yo he vivido entre
ruinas todo el tiempo,
y cambiar un poco
de árbol y de pasto,
una palmera antigua
con columpios,
una granada roja
disparada en la batalla,
una mora caída con un niño,
por un poco
de pintura
y de granizo,
es
cambiar
también algo
de alegría
y de tristeza,
es cambiar también
un poco de mi vida,
es llamar también
un poco aquí a la muerte
(que me acompañaba
todas las tardes
en mi vieja casa,
en mi casa muerta).






Yo no me río de la muerte

elegía

Tú quisiste descansar
en tierra muerta y en olvido.
Creías poder vivir solo
en el mar, o en los montes.
Luego supiste que la vida
es soledad  entre los hombres
y soledad entre los valles.
Que los días que circulaban
en tu pecho sólo eran nuestras
de dolor entre tu llanto. Pobre
amigo. No sabías nada ni llorabas nada
Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles
Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reír de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.
Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.
Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.






  dos preguntas

    primera pregunta

    "¿En qué lugar de Lima, la dorada,
    vivían los que la coristruyeron?"
                                     (Bertolt Brecht)

    segunda pregunta

    ¿Por qué será  que todavía existen
    infelices que nos hablan de una Lima
    señorial, antigua, colonial y bella?
    ¿Por qué quedan  todavía desgraciados
    que anhelan sin cesar la ciudad de los Reyes,
    las tapadas, los balcones, la alameda,
    si de eso sólo queda un basural de hambre,
    de miseria y de mentira?
    Ciudad de los Reyes
    de la explotación y el hambre,
    tres veces coronada por la sumisión,
    ciudad triste, hambrienta, mísera
    por todos lados,
    salvo pequeños rinconcitos
    donde se canta "la flor de la canela"
    "viva el Perú y sereno" y se bebe whisky
    con hielo y cocacolas.








Poema en el avión

Si acaso me preguntan
dónde estuve
y si insistentes, quieren
averiguar los sitios que he pisado,
les diré.
"Tres meses son tres años,
tres años son tres días,
tres días son tres horas,
y en verdad, en verdad hablando
sólo salía dar una vuelta
por el parque,
entré al cinema
me tropecé con otras gentes en otras
partes.
Y ya estoy aquí,
nada le ha pasado a nadie,
yo sigo como siempre
admirando los ríos del otoño,
yo sigo como siempre
esperando al verano para maldecirlo,
y conversando con mis viejos
objetos adorados:
y no pregunten más,
que de mí no habrá ya más respuestas".
Bien, yo deberé decirles
a mis amigos "lo he hecho.
Estuve en Moscú.
Aquella vez que volví a casa
me sentí muy derrotado."





   Epílogo


                                       Sólo soy
                                                 un hombre triste
                                                       que agota sus palabras




***
  

Poema El Río recitado por Isabel Sánchez.




Canción interpretada por Martina Portocarrero y dedicada a Javier Heraud.



Referencias: