12/30/2015

EL VIAJE de Hernán Vargascarreño






El viajero irrestricto a partir de una aproximación a la obra de
Hernán Vargascarreño



Por Omar Garzón


Y cuando llegue el día del último viaje,
y éste al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado


Mucho se ha dicho sobre la que sería una de las formas más benéficas y satisfactorias que tenemos los hombres para encontrarnos con nosotros mismos, esa que nos permite salir del tedio y el desasosiego implícitos en una vida llena de rutina. Mucho se ha escrito sobre el acto de viajar. Sin embargo, es sólo en el momento en que leemos libros como los de Hernán Vargascarreño (Zapatoca, Colombia, 1960) que notamos lo siguiente: nunca es suficiente hablar sobre este estado del alma y nunca ha sido excesivo abordar una y otra vez un tema inherente a la humanidad desde sus comienzos. El camino es uno de los lugares recurrentes de los hombres a lo largo de su paso por el mundo y de su actividad creadora. A través de los siglos hemos apelado a nuestras odiseas y travesías para crear imágenes a veces posibles, a veces distantes, a veces  utópicas, y así seguirá sucediendo porque es en lecturas de antologías como El viaje, de Vargascarreño, cuando descubrimos que siempre habrá algo nuevo que decir sin importar que los símbolos sean aparentemente los mismos: un tren, un barco o el pie:

El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.

La antología que ahora nos convoca nace de la necesidad de su autor por compilar en un solo tomo los títulos País íntimo (2003), Piedra a piedra (2010) y Tempus (2014) más un puñado de poemas inéditos que cierran la edición. Textos que se destacan por la limpieza y claridad de las imágenes que reposan en sus líneas y con las cuales andamos a través de paisajes por muchos conocidos pero comprendidos por muy pocos, porque sólo quien ha sabido lo que es habitar el mundo y desafiarlo con todas las incertidumbres por delante y los imaginarios latentes conoce el enigma que se encierra en la palabra vida:

Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir…
le será fácil aceptar
—más no comprender—
Que esa ya no es su casa,
 Sino los altos muros de su tumba.

A pesar de todos los miedos y temores previos a la tranquilidad que pueda venir con la resignación, como bien nos lo enseña el artífice de los anteriores versos que hacen las veces de apertura a El viaje, el hombre-caminante, el ciudadano de mundo, el solitario por necesidad y convicción siempre tendrá un acompañante, tan inseparable como ajeno a nosotros que traerá consigo una esperanza que muchos han escuchado pero pocos han entendido: nada es eterno en el mundo. O, dicho de otra manera más bella y visceral por el poeta que nos ocupa: “Y con todos nosotros,/ el viajero de siempre,/ el tiempo,/ su sueño que nos consume/ para evitarnos el terror de lo Eterno”.

Estos paisajes presentados por Vargascarreño gozan de la austeridad y sobriedad en el uso de palabras, austeridad que también revela en cada imagen una especie de luz compleja que solo puede ser creada por alguien que lo ha vivido todo, lo ha experimentado todo y lo ha perdido todo. Alguien que a pesar de que sabe cuál será el final del viaje, no deja de preguntarse por el mismo ni deja de indagar mientras vence su camino, siendo esta una de las principales características del verdadero poeta que es, antes que nada, un verdadero viajero:

Un día perdimos al tiempo
en los linderos del bosque;
¿podrá algún canto atraerlo
a mi gruta?
Oh la oración infantil
Que perturbaba la sangre,
cómo huyó de los labios,
cómo nos liberó de los años…

…Esta superficie brillante
que violenta mi garganta
fue alguna vez un sueño para mí;
¿por qué no me reconoce
Y aligera esta muerte?

Y es en este punto donde podemos identificar en el autor de este libro a un verdadero errante que resalta a través de su palabra versificada otra propiedad fundamental del legítimo viajero: tener la capacidad de experimentar la travesía por medio de las más diversas expresiones artísticas como la pintura, el teatro y, por supuesto, el poema, lo que quiere decir que el viajero nunca pierde el asombro a pesar de haber visto lo imposible, lo que significa que debe estar en la competencia de reconocer una odisea en su más diversa y extraña metamorfosis, situación que requiere de una sensibilidad capaz de interpretar incluso los mensajes más sutiles ocultos debajo de las piedras más pequeñas. Mensajes como esos que nos revelan el viaje visto como el ciclo infinito donde a veces, por cansancio o exasperación, es necesario retornar al punto de partida para retomar el rumbo cuantas veces sean necesarias incluso de manera involuntaria y/o por otro camino que se nos abra ante los ojos después de sacudirnos el tedio: “Vuelvo al inicio de mi viaje./ Regreso al final de todo hombre/ sabiéndome soñado./ Me despojo de esta máscara que tanto talla/ y me ajusto al rostro apacible de la Nada./ Pero mañana fue un día,/ hace años…/ Ya no recuerdo cuándo

  El poeta no deja de lado el deslumbramiento incluso por las cosas que parecieran sencillas y comunes, como bien lo podemos notar en el poema que Vargascarreño le dedica a su “Satánica majestad”, Mick Jagger en la primera parte del libro. Y cito: “La poesía nos presenta sus asombros y sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.”

En ese mismo primer capítulo de El viaje también encontramos el que bien podría ser el himno del viajero por excelencia, el del ciudadano de mundo que no se enfrasca en trivialidades mezquinas y patrioteras ni en fanatismos precarios pero que sí se detiene a contemplar los pequeños azahares ofrecidos por la vida y que en la obra de Vargascarreño adquieren un hálito sagrado y magnífico. Me refiero al poema “A la vida vine a vivir”. En él seres y elementos como los árboles, los labios y el misterio de los gatos cobran un aura de pureza que en vez de alejarnos del poema nos seduce de manera tal que llegamos a interiorizarlo hasta el punto de pasar de ser testigos (lectores) a ser los protagonistas del periplo. Cabe resaltar que dicho hálito sagrado solo podría otorgarlo a las cosas cotidianas alguien que entiende la necesidad de aprovechar al límite lo poco que regala la vida, ya que ésta todo lo cobra generalmente por adelantado, como asevera el poeta en uno de sus discursos de mayor profundidad.

El poeta le imprime a El viaje una transparencia que nos permite ver en sus versos la lucidez conceptual de alguien que hace de su andar “su principal trasunto de creación” –como  bien dijera Nelson Romero Guzmán– y su manera de afrontar el mundo, sin dejar de señalar una de las piedras angulares en la construcción de estas líneas: el viajero es, sobre todo, un individuo y como tal debe reivindicarse consigo mismo para descifrar el tratamiento que el mundo le da y el rol adquirido en él como un caminante que se reconoce en la sociedad pero que se distancia de ella y no espera nada al final:

Fumador, libador, edónico,
desconfiado, cetrino,
cumplidor de sus deberes, de sus deudas
y todavía cumplidor de años
aunque la vida me incumpla muchas citas.

Decidí acabar esta pequeña aproximación a la obra de Hernán Vargascarreño presentando el que es para mí, por su contundencia,  por la precisión de sus imágenes y por su final certero e inesperado, el mejor y más logrado poema de toda la obra, el titulado Guerreo. Este canto hace parte del libro Tempus, con el cual el autor entabla un diálogo fluido y sereno entre el Emperador Adriano, el joven Antinoo y él mismo bajo la voz tutelar de Marguerite Yourcenar. Espero que los disfruten tanto como yo.



Selección de poemas de los libros País íntimo (2003), Piedra a piedra (2010) y Tempus (2014) compilados en la antología El viaje (Ediciones Exilio, 2015) de Hernán Vargas Carreño. 






Del libro PAÍS ÍNTIMO (2003)



Estancia

Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir,
aquellos peldaños que ya nadie sube,
los ruidos de la cocina y el espectro
de la madre ofrendándonos el café
y su bendición,
le será fácil aceptar
–mas no comprender-
que esa, ya no es su casa,
sino los altos muros de su tumba.






La Poesía

Para Mick Jagger


La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.

Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella quien posee, quien acoge.

Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla. Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra o se sale de ella. Se está o no se está.

Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya. No da lugar a vanidades; solo a reconocimientos no muy alentadores. También es una sombra que pasa, o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas, demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor hecho amistad y locura.

Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de seguir intentando con la poesía, haciendo trueques con ella, intercambiando afectos, deshonras, nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en el pecho, una pócima de su dolor.





A la vida vine a vivir

A la vida vine a vivir.
Que no me falte la sagrada carne
ni el espíritu que la hace bella;
que tu mirada sea siempre
el espejo donde me pueda revelar;
que jamás me abandonen los dioses
de la poesía y los avatares para llegar a ella;
que la noche no me niegue nunca sus alas
de vuelos alucinógenos y que el día
no me aplaste con sus esplendente verdad.
Que nunca me olvide agradecer lo recibido y
el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna
forma sea malintencionado;
que el deleite del vino me secunde siempre
el fragor de la amistad;
que por el umbral de mi casa entren menos
fantasmas y más seres reales,
pero con la condición de que posean la belleza
que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí –lo más remoto 
/posible–
a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
y que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca,
ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos
o la hondura de la música y los atardeceres.
A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil,
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis íntimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado.
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.






Del libro PIEDRA A PIEDRA (2010)




Visiones marinas



                                          Al puerto de Santa Marta
         El mar no está en la orilla, está en el hombre
                                                    Héctor Rojas Herazo


1
LA MAÑANA derrocha su esplendor
de bandadas de mariposas amarillas.
Todo aquel que las observe en la memoria
salva la suave angustia del crepitar de sus alas
gravando su vuelo en el aire del instante.
Pasarán toda una semana bordeando el mar
y anunciando el sueño de su vuelo.
Luego solo pasarán tras el recuerdo…
o tras la huella de un poema
cuando la belleza reclame el amarillo
para su propio sueño.


2
TODA LA LUZ del mundo sobre la bahía
dividiendo con su espectro este reino
que se balancea en la canícula:
el tan deseado color del mar
y la catástrofe de la ciudad que bulle.
Y nosotros, míseras señales del paisaje,
extraviados en el limbo de su luz
mordiendo el aire seco
a sabiendas de su riesgo.


3
MIRA CÓMO el silencioso vuelo
de los pelícanos nos balancea.
Cómo esa línea
que no existe en el horizonte del mar
nos reclama y nos limita.
Aves presas de ninguna fuga somos
cuando no alcanzamos tanto azul,
cuando no sabemos cómo desplegar las alas
que lastradas llevamos a nuestras espaldas.
Para qué estos alados deseos
que no saben hollar distancias.


4
CONTEMPLEMOS
la serenidad de los árboles
frente a la bahía, sus alas secretas
y sus cantos grávidos de enigmas
que no podemos descifrar.
En las tardes,
suelen empinarse para ver el mar.
Pero nada revelan de sus avistamientos.
Herméticos, como son,
enredan al rumor de sus follajes
lo que no debemos entender.
Mudos nacemos
-murmuran calladamente-
con su grito enterrado
que no reclama ecos.



5
LLUEVE en el trópico.
El mar sacude sus tormentas secretas
y en maderos arroja sus vestigios de furia
a lo largo de las playas,
su abecedario de confusiones divinas
intraducible a nuestros ojos.
Serenamente, durante varias jornadas,
vemos a los pescadores recogiendo una a una
las preciosidades de ese lenguaje yerto.
Y ante el asombro de cualquier mañana
sobre las playas vuelve a reinar
la murmurante brillantez
del eterno poema:
ese pausado diálogo de oleajes
iniciado en la larga noche
de todos los tiempos.


6
AQUÍ ESTÁN todas las rutas.
Nadie lo sabe.
Van y vienen sobre los rizos del mar
ondulando los tremores del mundo y
haciendo de los vientos los ecos del deseo.
Para alguien están demarcadas.
Algún ojo avizor las hará suyas.
Almas encerradas
que precisen el destierro
han de encontrar aquí su bajel.
Solo tienes que seguir la ruta
demarcada dentro de tu pecho.
La indeleble ruta
que no sabe a dónde ir.



7
NAVEGUEMOS ahora que el día
estalla toda su soberbia sobre el mar.
Subamos a la nave algunos recuerdos
para tener de dónde asirnos
cuando las tinieblas sean
toda la luz que nos anime.
Una playa puede servir como quimera.
O la ventana por la que miramos el mundo
por vez primera, o el roce de unas mejillas
que adoramos y sabemos de memoria.
Huyamos
ahora que nada cabe en este día.



8
ES LA HORA en que la tarde
suelta sus pájaros oscuros
y los esplende al filo del recuerdo.
Marialucías, les dicen,
pero ese nombre no va con ellos.
Dilatados por la luz ya suave,
regresan a sus nidos
recordándonos el día ya gastado
y abandonando al tedio a la retina
la sombra de sus veloces lirios negros.
Sus tórridos y grávidos graznidos
tasajean la tarde quemando los silencios
que solo el mar se atreve a traducir.
Y nada podemos hacer
una vez los escuchamos.
Sus gritos nos socavan
y nos convierten
en sórdidos reclamos a la vida.


9
PARTEN YA los barcos.
Se van con la certeza
de que nunca volverán
porque este día yace muerto.
Los que nos quedamos,
los que nunca nos atrevemos a partir,
nos vamos tras su estela
presintiendo en su larga noche
los débiles relámpagos del olvido.
Es la hora más fatal de la desdicha
al creernos pasajeros de quimeras
sin siquiera vislumbrar la huida.


10
OLVIDEMOS la bahía dormitando
bajo la noche del universo
sin ciudad,
sin parroquianos,
sin nosotros.

Tallemos a la distancia
las dichas repetidas
de su mar verde-azulado.
Abandonémosla bajo su propio espectro
soñándose en un punto del orbe y
sacudiendo ante sus aguas
los pájaros, ramajes y delirios
bajo el designio de los dioses inclementes.
Alguna crueldad ha de ocultar tanta dicha
si llevamos la bahía en nuestro viaje.
Y aunque lejos
–como un espejo del olvido–
se vislumbre ahora el mar de mis pupilas,
su angustia sigue rugiendo profunda
en el abismo de mis noches.






Del libro TEMPUS (2015)




Honda

Envidias
la libertad del pájaro que pasa
y por un momento quisieras transmutar
tu figura
tus miserias
tus ilusiones
en ese frágil destello de la tarde,
olvidando que el pájaro cumple
con sus inagotables oficios:

provisiones      migraciones     nidadas

y están además sus constantes peligros:
la simple honda
de un chicuelo, por ejemplo.

Envidias
la libertad del pájaro
que por un momento arroba tu esencia.
Mira un poco más alto:

¿Ves cómo la gran honda que es el Universo

nos apunta desde siempre?





Estancia

La casa inunda
con sus enormes estancias.
En los patios, la lluvia
abandona sus huellas somnolientas.
Sin temores los gatos entran
y cazan pájaros
que montes y vientos prodigan.
Escucho mis pisadas de animal
cuando la luna invade corredores.
Advierto tus roces entre el jardín
cortando tus hierbas favoritas.
Así el olvido,
que sin afanes extiende sus raíces.
Un encuentro presentimos.
Los dos lo sabemos.
Cualquier instante podría tropezarnos.
Pero, qué ha sucedido con el tiempo
dónde estamos
dónde estás
quién de los dos partió primero





Guerrero

El guerrero
ha perdido el camino
a casa:

Los dioses del amor,
silencioso, apenas una brisa,
condolidos lo contemplan.

Mas a su alrededor
solo precisa vislumbrar
un asombrado desierto;
Lo más importante
lo ignora:

Ni el camino ni la patria
existen ya.

Ni siquiera él.



***



Poema GUERRERO recitado por Hernán Vargascarreño: http://www.fototrace.co/almadeliacc/fotos/774284743688213235_31610659



Hernán Vargascarreño en Cali: 





No hay comentarios:

Publicar un comentario