12/23/2015

Javier Heraud o la desembocadura del río que primero fue un hombre


Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar

Jorge Manrique


Javier Heraud Pérez fue un poeta peruano nacido en Lima el 19 de enero de 1942, proveniente de una familia de clase media. Estudió en el prestigioso Markham College de Lima. Posteriormente cursó literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú para después matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos por presión de su padre. A la edad de 17 años ya enseñaba inglés y castellano en un instituto de la capital peruana y a los 18 años es nombrado profesor en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe y en el Colegio Melitón Carvajal de la misma ciudad. Ese año publica su poemario El Río y gana el concurso "El Poeta joven del Perú", fundado por Marco Antonio Corcuera, por su libro El Viaje, galardón compartido con César Calvo quien también ocupó el primer lugar en el certamen. Durante ese periodo viajó a China, la URSS donde visitó la tumba de Lenin España, Chile, Bolivia y Francia, donde también visitó la tumba de César Vallejo. Varias de sus travesías se hacen evidentes en algunos de sus poemas, en especial aquellos que hacen referencia a la ciudad de Moscú. Estos últimos de corte político: Plaza Roja 1961./ Aquí yo he estado en el centro del incendio,/ en plena Plaza Roja y varias veces,/ tragándome mis penas/ y forzando mi pequeñísima alegría./ He dicho Paz en rojo, en calles,/ en plazas y jardines./ Y digo paz en Moscú, en Tashkent,/ o en el corazón herido de mi pueblo.


  En 1962 el gobierno de Fidel Castro le otorga una beca para estudiar cine en Cuba donde se radica con algunos otros estudiantes peruanos. Estando allí, y después de matricularse como estudiante de Literatura en la Universidad de La Habana, el grupo de becados, entre los que también se contaban estudiantes de Colombia, Argentina, Bolivia y Chile, fueron conminados directamente por Castro para fundar grupos guerrilleros en sus respectivos países con el fin de "extender la revolución comunista en América". Heraud accede a la propuesta y recibe un entrenamiento militar mínimo en ciudades como Camagüey, Santa Clara, Santiago de Cuba y en la Sierra Maestra de la cual diría "Aquí todo es tan hermoso". Sin embargo, una vez arriba a la selva peruana proveniente de la isla ya con el alias de Rodrigo Machado y bajo el mando del Ejército de Liberación Nacional (ELN) , Heraud y sus seis compañeros sostuvieron una discusión con cinco agentes de la Guardia Republicana en el hotel Chávez de Puerto Maldonado. En el momento más acalorado de la refriega, los agentes abrieron fuego originando un tiroteo entre los dos bandos. Justo en el instante en que los guerrilleros emprenden la huida después de haber asesinado a uno de los policías, dos proyectiles dum-dum disparadas por civiles y efectivos de la misma Guardia Republicana impactan en la humanidad de Heraud, uno en su mandíbula y otro que le penetró la espalda y le salió por el estómago. Las balas acabaron con la vida del poeta en el río Madre de Dios a la altura de Pto. Maldonado después de que Heraud y su compañero herido Alaín Elías se habían rendido tras sostener casi hora y media de tiroteos. Una vez abatido el poeta, a los policías les pareció correcto propinarle 17 tiros más, por si las dudas, según se puede leer en una misiva que el señor Jorge Heraud Cricet, padre del joven guerrillero, le envió al director del diario La Prensa, señor Pedro Beltrán(1):


      El sacrificio de mi hijo Javier ha sumido a mi familia en el más profundo desconsuelo, tanto por         la    forma como ha desaparecido como por la pérdida de una promesa para la cultura y el                 pensamiento    de mi patria.

     Pero mi pena, con ser insondable, se ha agrandado más aún al saber que mi hijo, que había ido         allá urgido por un ideal, arrostrando los más graves peligros con el más absoluto desinterés,              había    sido víctima de una cacería inhumana. Cuando, inerme en una canoa de tronco de árbol,      desnudo      y   sin armas en medio del río Madre de Dios, a la deriva, sin remos, mi hijo pudo ser     detenido sin      necesidad de disparos, más aún por cuanto, su compañero, había enarbolado un          trapo blanco. No     obstante eso, la policía y los civiles a quienes se azuzó les disparaban sobre           seguro, desde lo alto       del río, durante hora y media, inclusive con balas de cacería de fieras.
  

      Una bala explosiva había abierto un boquete enorme a la altura del estómago de mi infortunado        hijo y muchas balas más se habían abatido sobre el cadáver de mi hijo, que con sus 21 años y sus      ilusiones, había tratado de hacer una incitación para que cesen los males que, según él, debían          desterrarse de nuestra patria.

 Los hechos ocurrieron en la madrugada del 15 de mayo de 1963.

  Con apenas 21 años y dos libros publicados, El Río (1960) y El Viaje (1961) más varios poemas sueltos que después conformarían varias antologías póstumas, se puede decir que el legado literario de Javier Heraud es el de un poeta  que había encontrado en autores españoles como Jorge Guillén, Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández y Pedro Salinas, principalmente, y otros como Pablo Neruda, Bertolt Brecht, T. S. Eliot, Marcel Proust y Hölderlin(2), sus mayores referencias. Los poemas de Heraud, algunos de corte existencialista, otros de militancia política (estos últimos de menor calidad como pasa casi siempre, a mi modo de ver, con los poemas que adoptan ese estilo), muestran el trabajo y la disciplina necesarias para iniciar la búsqueda de un canto consecuente entre lo que se piensa y como se actúa. Es ahí donde encontramos versos que algunos llaman premonitorios (Yo nunca me río/de la muerte./ Simplemente/ sucede que/ no tengo/ miedo/ de/ morir/ entre/ pájaros y árboles), pero que otros ven como la voz congruente de un hombre que murió creyendo en sus ideales tempranos y su visión del mundo.

  Es posible que el Perú haya perdido a uno de sus más grandes poetas no sólo por la obra literaria que Javier alcanzó a dejar, sino por lo que pudo haber escrito con un poco más de madurez. Quizá, de haber vivido algunos años más, a este vate peruano de la llamada Generación del 60 le hubiera pasado lo mismo que a muchos de sus contemporáneos que se divorciaron de la Revolución Cubana por el desencanto que ésta les trajo con el paso del tiempo. De eso no podemos estar seguros, pero sí es una realidad que Heraud murió como un comunista convencido de una causa que nunca abandonó ni cuando dejó las filas del Movimiento Social Progresista (MSP) ni cuando partió de Cuba rumbo a la muerte sin saberlo. 

  Por lo que conocemos y sabemos de él, es claro que una persona como Heraud no estaba hecha para empuñar las armas a pesar de su entusiasmo, conocimiento, disciplina, corpulencia y su estatura de 1.85m. Por este aspecto del poeta, no puedo evitar pensar en su caso más cercano en Colombia: el cura Camilo Torres. Las vidas de estos dos grandes personajes tienen aspectos que guardan mucha similitud: La procedencia, la educación, sus ideas políticas, sus luchas, sus muertes... La diferencia es que a pesar de que los dos encontraron el frío abrazo de la muerte en el monte durante su primera misión subversiva, Javier ahora adelanta otra lucha: la de la palabra versificada contra el paso del tiempo y el olvido: No estoy muerto./ sin embargo,/ entre tarde y tarde/ cuando vibran/ los soplos/ del silencio,/ abro mi corazón/ al conjuro/ del viento/ y la palabra,/ y construyo/ casas,/ tierras,/ mares,/ nuevos/ albores,/ nuevas tristezas,/ y callo al final.

  Un capítulo aparte merece el poema "El Río" que sería el más famoso texto del poeta peruano. Es el que más llama mi atención por contener esa dulzura cargada al mismo tiempo de la fuerza propia de un río caudaloso (en la poesía de Heraud, el río simboliza la vida) que, a pesar de verse algunas veces casi seco, no deja de entonar un canto esperanzador y no deja de enarbolar una voz decidida a continuar su camino a pesar de las piedras que se atraviesen en su cauce (Yo soy un río, voy bajando por las piedras anchas,/ voy bajando por las rocas duras,/ por el sendero dibujado por el viento.,.). Sin importar que su desembocadura sea en el océano (la muerte); Llegará la hora en que tendré que/ desembocar en los océanos,/ que mezclar mis aguas limpias con sus aguas turbias sus aguas seguirán naciendo una y otra vez con el paso del tiempo.
Es "El Río" un poema circular: podría comenzar en cualquier estrofa y terminar en cualquier estrofa sin importar el orden que le demos a su lectura. Este tipo de ejercicios solo puede ser desarrollado y bien logrado por alguien que tenga el tacto muy agudo como para reconocer los recovecos y enramadas que implican la elaboración de un texto de la complejidad que vemos acá. Un texto que aparentemente parece simple y sencillo pero que guarda en sus líneas una serie de metáforas, retruécanos, encabalgamientos y anáforas posicionados de una manera tan precisa que el poema no pierde la vitalidad y sinceridad –ni siquiera en sus partes más lúgubres y oscuras– propias de las obras literarias memorables. Este es un poema elaborado por un cuidadoso relojero que no deja ninguna pieza suelta y que no omite ningún conector ni pone una palabra de más o una de menos. Un poema de fácil lectura que debe ser, primero, leído mentalmente para ser analizado e interiorizado y que después debe ser entonado, cantado, gritado, emulando un río caudaloso que trata de develarnos un secreto. Es un texto mágico capaz de transportarnos al paisaje propio que describe sin importar donde estemos. Un poema con cierto hálito whitmaniano (Me celebro y me canto a mí mismo./ Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.) pero de alguna manera mucho más tropical y con una sacralidad que tiende más a lo caribeño y autóctono que hay en nosotros:

Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta rosa piedra mesa
corazón corazón y puerta retornados,

Yo soy el río que canta al mediodía
y a los hombres, que canta ante sus tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.


Premonitorio o no, la trágica muerte del poeta no deja de impregnarle a este texto la franqueza del buscador inquieto que nunca sació su curiosidad y la fuerza del visionario que, sin importar su corta edad pues para crear obras verdaderamente memorables la edad no es lo fundamental–, escribió tanto para sus contemporáneos como para la posteridad, característica que poseen sólo los grandes o, como en este caso, el más grande poeta de la Generación del 60, según lo dicho por sus colegas escritores y sus lectores de culto.

Adjunto algunos poemas de Javier Heraud Pérez tomados de varios de sus libros. Espero que los disfruten.




prólogo

    Ha llegado ya el
    hombre de los mares
    Señor, abre tu puerta
    Señor, abre tu corazón
    que ha  llegado ya
    el hombre de los mares..






El río

Yo soy un río, voy bajando por las piedras anchas,
voy bajando por las rocas duras,
por el sendero dibujado por el viento.

Hay árboles a mi alrededor
sombreados por la lluvia.

Yo soy un río, bajo cada vez
más furiosamente, más violentamente
bajo cada vez que un puente me refleja
en sus arcos.

Yo soy un río un río
un río cristalino en la mañana.
A veces soy tierno y bondadoso.
Me deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.

Los niños se me acercan de día,
y de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

Yo soy el río.
Pero a veces soy bravo y fuerte
pero a veces no respeto
ni a la vida ni a la muerte.

Bajo por las atropelladas cascadas,
bajo con furia y con rencor,
golpeo contra las piedras más y más,
las hago una a una pedazos interminables.

Los animales huyen,
huyen huyendo cuando me desbordo
por los campos, cuando siembro
de piedras pequeñas las laderas,
cuando inundo las casas y los pastos,
cuando inundo las puertas y sus corazones,

los cuerpos y sus corazones.
Y es aquí cuando más me precipito
Cuando puedo llegar a los corazones,
cuando puedo cogerlos por la sangre,
cuando puedo mirarlos desde adentro.

Y mi furia se torna apacible,
y me vuelvo árbol,
y me estanco como un árbol,
y me silencio como una piedra,
y callo como una rosa sin espinas.

Yo soy un río.
Yo soy el río eterno de la dicha.
Ya siento las brisas cercanas,
ya siento el viento en mis mejillas,
y mi viaje a través de montes, ríos,
lagos y praderas se torna inacabable.

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta rosa piedra mesa
corazón corazón y puerta retornados,

Yo soy el río que canta al mediodía
y a los hombres, que canta ante sus tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas quebradas,
por los ignotos pueblos olvidados,
por las ciudades atestadas de público
en las vitrinas.

Yo soy el río
ya voy por las praderas, hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas, los árboles cantan con el río,
los árboles cantan con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis brazos.

Llegará la hora en que tendré que
desembocar en los océanos,
que mezclar mis aguas limpias con sus aguas 
/turbias,
que tendré que silenciar mi canto luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al alba de todos los días,
que clarear mis ojos con el mar.

El día llegará, y en los mares inmensos
no veré más mis campos fértiles,
no veré mis árboles verdes,
mi viento cercano, mi cielo claro,
mi lago oscuro, mi sol,
mis nubes, ni veré nada,
nada, únicamente el cielo azul,
inmenso, y todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas aguas apagadas.






    Recuento del Año

     Una vez terminado
     el año,
     procedo a recoger
     mis cosas nuevas,
     procedo a reclamar
     papeles viejos,
     hago al compás
     de charlas amistosas
     el recuento del año,
     el recuento de mis
     365 días pasados:
     todo se fue
     rápidamente,
     no hubo tiempo
     para la cosecha,
     ni  para
     sembrar el trigo
     en los maizales.
     Los días volaron
     raudamente,
     estuve sentado,
     leyendo,
     o alguna vez
     escribiendo
     hasta la noche.
     No tuve miedo
     de la muerte,
     no pude sembrar
     el amor como
     quería,
     recogí algunas
     frutas caídas
     y supuse que
     al final moriría
     alguna tarde
     entre pájaros
     y  árboles.

     No estoy muerto.
     sin embargo,
     entre tarde y tarde
     cuando vibran
     los soplos
     del silencio,
     abro mi corazón
     al conjuro
     del viento
     y la palabra,
     y construyo
     casas,
     tierras,
     mares,
     nuevos albores,
     nuevas tristezas,
     y callo al final

          (como siempre
          recordando y
          recordando).






mi casa muerta

1
No derrumben mi casa
vieja, había dicho.
No derrumben mí casa.

2
Teníamos nuestra pérgola,
y dos puertas a la calle,
un jardín a la entrada,
pequeño pero grande,
un manzano que yace seco
ahora por el grito
y el cemento.
El durazno y el naranjo
habían muerto anteriormente,
pero teníamos también
 (¡cómo olvidarlo!)
un árbol de granadas.
Granadas que salían
de su tronco,
rojas,
verdes,
el árbol se mezclaba
con el muro,
y al lado,
en la calle,
un tronco que
daba moras
cada año,
que llenaba de hojas
en otoño las puertas
de mi casa.

3
No derrumben mi vieja casa,
había dicho,
dejen al menos mis
granadas
y mis moras,
mis manzanas y mis
rejas.

4
Todo esto contenía
mi  pequeño jardín.
Era un pedazo de
tierra custodiado
día y tarde por una
verja,
una reja castaña y alta
que
los niños a la salida
del colegio
saltaban fácilmente,
llevándose las manzanas
y las moras,
las granadas
y las flores.

5
Es cierto, no lo niego,
las paredes se caían
y las puertas no cerraban
totalmente.
Pero mataron mi casa,
mi dormitorio con su
alta ventana mañanera.
Y no quedó nada
del granado,
las moras ya no
ensucian mis. zapatos,
del manzano sólo veo
hoy día,
un triste tronco que
llora sus manzanas
y sus niños.

6
Mi corazón se quedó
con mi casa muerta.
Es difícil rescatar
un poco de alegría,
yo he vivido entre
carros y cemento,
yo he vivido siempre
entre camiones
y oficinas,
yo he vivido entre
ruinas todo el tiempo,
y cambiar un poco
de árbol y de pasto,
una palmera antigua
con columpios,
una granada roja
disparada en la batalla,
una mora caída con un niño,
por un poco
de pintura
y de granizo,
es
cambiar
también algo
de alegría
y de tristeza,
es cambiar también
un poco de mi vida,
es llamar también
un poco aquí a la muerte
(que me acompañaba
todas las tardes
en mi vieja casa,
en mi casa muerta).






Yo no me río de la muerte

elegía

Tú quisiste descansar
en tierra muerta y en olvido.
Creías poder vivir solo
en el mar, o en los montes.
Luego supiste que la vida
es soledad  entre los hombres
y soledad entre los valles.
Que los días que circulaban
en tu pecho sólo eran nuestras
de dolor entre tu llanto. Pobre
amigo. No sabías nada ni llorabas nada
Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles
Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reír de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.
Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.
Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.






  dos preguntas

    primera pregunta

    "¿En qué lugar de Lima, la dorada,
    vivían los que la coristruyeron?"
                                     (Bertolt Brecht)

    segunda pregunta

    ¿Por qué será  que todavía existen
    infelices que nos hablan de una Lima
    señorial, antigua, colonial y bella?
    ¿Por qué quedan  todavía desgraciados
    que anhelan sin cesar la ciudad de los Reyes,
    las tapadas, los balcones, la alameda,
    si de eso sólo queda un basural de hambre,
    de miseria y de mentira?
    Ciudad de los Reyes
    de la explotación y el hambre,
    tres veces coronada por la sumisión,
    ciudad triste, hambrienta, mísera
    por todos lados,
    salvo pequeños rinconcitos
    donde se canta "la flor de la canela"
    "viva el Perú y sereno" y se bebe whisky
    con hielo y cocacolas.








Poema en el avión

Si acaso me preguntan
dónde estuve
y si insistentes, quieren
averiguar los sitios que he pisado,
les diré.
"Tres meses son tres años,
tres años son tres días,
tres días son tres horas,
y en verdad, en verdad hablando
sólo salía dar una vuelta
por el parque,
entré al cinema
me tropecé con otras gentes en otras
partes.
Y ya estoy aquí,
nada le ha pasado a nadie,
yo sigo como siempre
admirando los ríos del otoño,
yo sigo como siempre
esperando al verano para maldecirlo,
y conversando con mis viejos
objetos adorados:
y no pregunten más,
que de mí no habrá ya más respuestas".
Bien, yo deberé decirles
a mis amigos "lo he hecho.
Estuve en Moscú.
Aquella vez que volví a casa
me sentí muy derrotado."





   Epílogo


                                       Sólo soy
                                                 un hombre triste
                                                       que agota sus palabras




***
  

Poema El Río recitado por Isabel Sánchez.




Canción interpretada por Martina Portocarrero y dedicada a Javier Heraud.



Referencias:





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